Por Carlos Miranda Levy · 20 de julio de 2026
El clic premia la mordida. Nuestros hijos crecen dentro de un cardumen que ataca cualquier tropiezo — y aprenden el reflejo. Por qué apreciar es la destreza más difícil, más valiente y más creativa, y cómo se enseña: modelándola.
Hay una economía que se volvió invisible de tan cotidiana: la del clic. Todo lo que ves hoy —el titular, la miniatura, el comentario fijado, el canal entero— compite por tu atención, y descubrió hace rato que la indignación paga mejor que la admiración. Morder da más vistas que aplaudir. Y donde algo paga, algo se multiplica.
Esto no es una impresión: está medido, y con el diseño más exigente que hay. Un equipo de investigadores aprovechó un archivo de miles de ensayos controlados aleatorizados reales —variantes del mismo titular probadas sobre lectores reales, casi veintitrés mil experimentos, unos cinco millones y medio de clics sobre más de trescientos setenta millones de impresiones— y encontró que las palabras negativas en un titular aumentan el consumo, y las positivas lo reducen. La magnitud, dicha sin inflarla, es modesta: en un titular de largo promedio, cada palabra negativa adicional sube la probabilidad de clic un 2,3% (Robertson y colaboradores, 2023). Un 2,3% no suena a nada. Multiplícalo por cada titular, de cada medio, de cada día, durante años, con todos aprendiendo del resultado — y tienes una civilización entera entrenándose para morder. Los sesgos pequeños y constantes son los que terminan cambiando el paisaje.
Nuestros hijos e hijas crecen adentro de esa economía. No solo en su timeline: en los trending topics, en lo que la máquina les sugiere, en lo que sus amigos reenvían al grupo. Ingieren, a diario y sin darse cuenta, un modelo de cómo se habla del trabajo de los demás. Y el modelo dominante es el del cardumen: rápido, ácido, en manada, siempre listo para descartar.
La ironía es que la trampa nos incluye. Pasamos décadas burlándonos de la fórmula de Hollywood —qué predecible, qué comercial— y hoy caemos como pirañas sobre la película que no fue taquillera, sobre el atleta que tuvo un mal partido, sobre el artista que se atrevió a algo raro. Gente que nunca pateó un balón ni madrugó a entrenar reparte sentencias sobre quien sí lo hizo. Y lo llamamos «tener criterio».
Citizen Kane no recuperó su costo en taquilla. Ochenta y cinco años después seguimos discutiendo si es la mejor película de la historia: encabezó durante cincuenta años —cinco encuestas seguidas, de 1962 a 2002— la lista decenal de Sight and Sound, la referencia del gremio; en 2022, con más de mil seiscientos votantes, quedó tercera, detrás de Jeanne Dielman y Vertigo. Y sigue siendo el número uno de la lista del American Film Institute. Ese es el punto: una película que el mercado rechazó lleva casi un siglo en el podio de la conversación.
Blade Runner rindió por debajo de lo esperado en 1982 y polarizó a la crítica —hoy es un clásico indiscutido de la ciencia ficción—. Cadena perpetua (The Shawshank Redemption) cerró su paso por los cines con unos 16 millones frente a un presupuesto de 25, y se volvió fenómeno cultural años después, por el video y la televisión. ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life) perdió medio millón de dólares para el estudio y quedó en el puesto 26 de la taquilla de 1947; su ascenso a clásico llegó tres décadas más tarde. El gigante de hierro (The Iron Giant) costó cerca de 50 millones, recaudó 31 en todo el mundo y fue enterrada por un estudio que, en palabras de su propio director, no entendió lo que tenía entre manos: le hicieron un solo póster. El club de la pelea (Fight Club) dividió a la crítica de su época y decepcionó en salas antes de convertirse, según el New York Times, en la película de culto que define nuestro tiempo. La cosa (The Thing), de John Carpenter, fue un fracaso de crítica y de taquilla en 1982 y hoy es un clásico de culto del terror. El gran Lebowski (The Big Lebowski), de los hermanos Coen, pasó casi inadvertida por la taquilla de 1998 y dividió a la crítica; hoy tiene festivales dedicados y un estatus de culto que pocas comedias alcanzan. Y Scott Pilgrim vs. the World fracasó comercialmente en 2010 pese a sus buenas reseñas, antes de convertirse en un fenómeno de culto.
Conviene un matiz que hace el caso más interesante, no menos: en varias de estas, la crítica no se equivocó — se equivocó el mercado. Kane y Cadena perpetua fueron celebradas al estrenarse y aun así fracasaron en la taquilla. El cardumen no siempre son los críticos. A veces somos nosotros, votando con la cartera y con el pulgar.
Y Messi levantó su primera Copa del Mundo en 2022, a los 35 años, después de años enteros en que el cardumen ya había dictado sentencia sobre su legado con la selección: sin goles y eliminado en cuartos en 2010 y 2011, tres finales perdidas en tres años consecutivos, y un retiro de la selección del que volvió.
El punto no es que la crítica se equivoca siempre. Es que la mordida instantánea es un juez pésimo, y sin embargo es el que más se premia, el que más se copia, y el que nuestros hijos ven modelado mil veces al día.
Un niño que crece viendo que así se habla de todo, aprende que así se piensa. Que discutir es descartar. Que tener opinión es tener una queja lista. Se les puede ir formando un reflejo que confunde cosas que no son lo mismo:
Y ese reflejo cobra caro. Enturbia el pensar por cuenta propia —porque repetir la sentencia del grupo es más fácil que formar la tuya—. Estorba el placer de apreciar el arte y la cultura. Y, lo más silencioso de todo, puede apagarles las ganas de crear: nadie se anima a salir a la cancha si lo que ha visto toda su vida es cómo se destroza al que se atreve. El teatro de la crítica tóxica no solo lastima a quien recibe; asusta a quien mira desde la butaca y estaba pensando en intentarlo.
Aquí está la vuelta, y conviene decirla con todas sus letras: el trash talk es lo fácil. No cuesta nada. No requiere haber hecho nada. Apreciar, en cambio, pide más: pide mirar el proceso y no solo el resultado, ver las partes buenas de un todo que falló, reconocer la idea valiente detrás de la ejecución torpe, notar lo que se adelantó a su época. Apreciar toma creatividad, madurez y, a veces, coraje. Y hacer algo —lo que sea— vale y se respeta más que destrozar lo que hizo otro.
Eso es lo que queremos que aprendan. Y no se enseña con un sermón: se enseña modelándolo, en voz alta, en la mesa, frente a la misma pantalla.
No se trata de prohibir la crítica —criar apreciadores no es criar aduladores—. Se trata del orden y del tono. Frente a una película, una canción, la tarea de un compañero, el proyecto de alguien: primero lo que sí. Qué funcionó, qué fue valiente, qué parte brilló, qué intentó. La crítica viene después, y viene mejor, porque ya miraste de verdad.
Y algunas cosas ni siquiera piden crítica. No todo hay que analizarlo. El perro disfruta el cien por ciento del paseo: no examina cada paso, no cuestiona de dónde viene el hueso, no le pone estrellas al parque. A veces la madurez no es tener la última palabra: es soltar la necesidad de tenerla y, simplemente, disfrutar lo que hay.
Tagore lo dejó dicho en una imagen que no se olvida: «Si derramas lágrimas cuando extrañas el sol, también te pierdes las estrellas.» (Stray Birds, 1916, en la traducción al inglés del propio Tagore: «If you shed tears when you miss the sun, you also miss the stars.») La pena por lo que esperabas te puede tapar todo lo bueno que sí está ahí.
Que la expectativa no te tape la apreciación. Que lo que ya sabes no te impida ver lo nuevo. Forma tu opinión —y déjala abierta a cambiar—. Mírate al espejo antes de repartir sentencias. Sé humilde. Enfócate en lo tuyo: tu esfuerzo, tu creatividad, lo que sí lograste.
Porque el reflejo se hereda, y el antídoto también. Un hijo que ve a su madre o a su padre buscar primero lo bueno —en una película regular, en el equipo que perdió, en el compañero que se equivocó— aprende que ese es un modo posible de estar en el mundo. Uno que no muerde por deporte.
Dorothy Law Nolte lo escribió en 1954, para una columna familiar de un periódico de California, en un poema que terminó dando la vuelta al mundo: «Los niños aprenden lo que viven». Dos de sus versos son, palabra por palabra, esta conversación: «Si los niños viven con crítica, aprenden a condenar… si los niños viven con elogio, aprenden a apreciar.»
Es un poema, no un estudio, y conviene no confundirlos. Pero apunta a algo que la psicología sí documentó: los niños adquieren conductas nuevas simplemente observando a un adulto ejecutarlas, sin que nadie las premie ni las explique. Es el hallazgo por el que se conocen los experimentos de Albert Bandura con sus colegas Dorothea y Sheila Ross, en 1961 — que, para ser exactos, midieron la imitación de la agresión, no del aprecio. Que el aprecio se transmita por la misma vía es nuestra apuesta razonada, no un resultado de laboratorio. Pero si la conducta que los niños copian sin que se la enseñes es la que te ven hacer, la pregunta que queda es incómoda y es la buena: ¿qué te ven hacer a ti cuando algo no te gusta?
Un mundo más positivo no empieza en una campaña. Empieza en una mesa, con una familia que aprende a fijarse primero en lo que sí. Nos toca modelar el mundo que queremos que nuestros hijos vean —y, sobre todo, el que queremos que crean posible.
Solo se listan fuentes que fueron consultadas y leídas directamente.
Evidencia
Textos citados
Rankings
Las cifras de taquilla, presupuesto y recepción crítica de las películas que llevan datos numéricos se cotejaron una por una contra la ficha documentada de cada film. Otros tres títulos de la lista original del borrador —The Thing, El gran Lebowski y Scott Pilgrim vs. the World— se mantienen a criterio del autor, caracterizados en términos cualitativos por su conocido fracaso comercial inicial y su posterior estatus de culto.
Una precisión sobre el elogio, porque es donde más se exagera. Este texto habla de modelar el
aprecio delante de los hijos, no de cómo elogiar a un hijo. Son dos cosas distintas, y la segunda
es un terreno científicamente disputado: la literatura sobre elogio y «mentalidad de
crecimiento» atraviesa desde hace años un debate metodológico abierto sobre el tamaño real de sus
efectos, con metaanálisis y contrarréplicas publicados en la misma revista. Por eso no la citamos
aquí, ni la necesitamos. Cualquiera que te diga que «la ciencia demostró» cómo hay que elogiar a un
niño te está vendiendo como asentado algo que no lo está. La auditoría completa de este artículo,
con esa discusión y las fuentes que no se pudieron leer y por tanto no se citaron, está en
resources/research/aplaudir-cuesta-mas.md.
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